Gaspar Betancourt Cisneros

gaspar_betancourt_cisnerosGaspar Betancourt Cisneros

Nació el 28 de abril de 1803.

Murió el 7 de diciembre de 1866.

 

Grande por la inteligencia y grande por el corazón, su nombre suena a gloria. Escritor de profundos conocimientos y espíritu liberal, su pluma fue como un ariete y como una palanca echaba abajo y levantaba! A los trazos de ella vinieron abajo viejas preocupaciones y se levantaron altares a los beneméritos de la patria. Seguro de que los tiranos en ningún tiempo ceden a razonamientos ni a ruegos, propagaba la revolución, que es, cuando es necesaria, un ahorro de tiempo, de sangre y de vergüenza. Un día, llevado por su animosidad al dominio de España en su país, brega por la anexión de Cuba a los Estados Unidos, lo que felizmente no logra, felizmente, pues que de haber sido Cuba anexada entonces, no seríamos hoy lo que somos, una república, con nuestra bandera y nuestro himno y nuestras llagas y nuestras cojeras… Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, seudónimo con que se le conoce en el campo del periodismo, fue para su pueblo, en el orden de las ideas, un mentor, y en el orden de la acción, un futuro caudillo…

En Puerto Príncipe, el legendario, vino a la vida. Fueron sus padres personas acomodadas y distinguidas. Los primeros estudios los hizo en la propia ciudad natal, pasando luego a los Estados Unidos, donde, a la vez que se nutrió de aires de libertad y de justicia, recibió amplios y sólidos conocimientos en los distintos ramos del saber humano. Al año escaso de estar en New York conoció y se hizo amigo de José Antonio Saco, residente entonces en la gran ciudad, lo mismo que del ilustre y venerable patricio José Antonio Iznaga y de otros cubanos de valía, todos expatriados por su amor a la libertad, amor que no hay que confundir con la pasión por el tiple y la danza, y por el plátano frito y las palmas rumorosas.

Fue en ese tiempo cuando, conociendo de las últimas victorias alcanzadas por el Libertador Bolívar sobre los Ejércitos de España en Colombia y Venezuela, se reunieron en fiesta fraternal los cubanos de New York brindando por aquel preclaro varón. De esta reunión surgió el proyecto de emprender viaje en busca de Bolívar, el gran Capitán, y solicitar de él la ayuda generosa para liberar a Cuba. Puesto el plan en práctica, salieron de New York, a bordo de una goleta, armados caballeros, seis hombres, uno de ellos argentino, los otros cinco, cubanos, y entre los últimos, Gaspar Betancourt Cisneros. Aquel grupo de cubanos insignes llegó, al cabo de algunos días, a La Guaira, Venezuela, donde se encontraron -personaje en el Gobierno de la Revolución- a un cubano nombrado Francisco Javier Yanes, camagüeyano, el cual, con lágrimas en los ojos, prometió hablar con Bolívar y con Santander, de Cuba, y de la necesidad de ayudarla a salir de su horrible cautiverio. Ellos no pudieron ver al Libertador-, atareado todavía en la fundación de cinco naciones. Ante esta contrariedad, se dividieron, volviendo Gaspar Betancourt Cisneros, en compañía de Iznaga, a New York, con la misión de conocer la manera de pensar del gobierno de los Estados Unidos acerca de la posible invasión de Cuba por el Ejército boliviano. Fracasado este plan, volvió a sus estudios y a sus meditaciones.

Durante su permanencia en New York, colaboró anónimamente en el periódico Mensajero Semanal que allí se publicaba. Diez años después de haber salido de su pueblo, vuelve a él. El niño se había hecho hombre. ¡Y qué hombre! Escribe, y es como si esparciera por la tierra granos de luz. En La Gaceta de Puerto Príncipe, primero, y en El Fanal después, publicó en esa época una serie de brillantes artículos, ya científicos, ya de costumbres, ya descriptivos; trabajos que fueron en verdad como el toque de clarín que despertara en sus conterráneos dormidos el amor a las ideas de libertad y de civilización. Los trabajos que en esos sus primeros años de escritor publicó, formarían, como dice Calcagno, una hermosa enciclopedia de economía, industria, educación, sociología y agricultura; que de todo sabía y de todo escribió aquel hombre.

Estos trabajos, muestras de su talento, donde dio también a conocer la energía de su carácter, le ganaron fama en todo el territorio de la isla. Su nombre, o mejor dicho, su seudónimo -El Lugareño-, era pronunciado de extremo a extremo, con veneración y afecto. Cuba entera lo aclamaba. Pero con ser tan grande como escritor, lo es más como patriota. El amor a su pueblo lo domina. Ansioso de ilustrarlo, -de prepararlo para la lucha del derecho, reparte a manos llenas el pan de la enseñanza. Para dar lecciones gratuitas a los campesinos se internaba en la hacienda de Najasa, a la vez que cooperaba con su palabra y su bolsa a la fundación de escuelas para los pobres. Cuando la Sociedad Económica de la Habana lo nombra su socio corresponsal, abre una escuela en Nuevitas y difunde desde ella la instrucción. Llevado de su anhelo por el estudio, emprende viaje por la isla. Llega a Trinidad, luego a la Habana, donde promueve el magnífico proyecto de repartir a censo las tierras de que era poseedor en la hacienda mayorazgo de Najasa. Este proyecto no se llevó a cabo, razón por lo que más tarde funda en esas mismas tierras una colonia agrícola, y distribuye lotes, gratuitamente unas veces y otras a precios verdaderamente modestísimos. En 1839 establece, unido a otros, el ferrocarril de Puerto Príncipe a Nuevitas, empeño éste que le gana en verdad muchos aplausos y gratitudes, y también negros sinsabores. No se puede hacer una buena obra sin que lo muerdan a uno. No se puede levantar una casa sin lastimarse las manos: la madera tiene astillas y la cal quema y mancha.

En ese mismo año, fomenta una exposición ganadera en Puerto Príncipe, y rinde homenaje de amor y de respeto a la memoria del Padre Valencia, piadoso e ilustre varón de Camagüey. En 1846, complicado en una supuesta conspiración, se ve en la necesidad de abandonar nuevamente a Cuba y refugiarse en los Estados Unidos, casa siempre abierta, democrática y libre. En los Estados Unidos aparece a poco enarbolando la bandera de la rebeldía en contra de España, mas no pidiendo la independencia de la patria, sino la anexión de ella a la patria de Washington. En favor de esa idea, mala entonces, y mala hoy, aunque vivamos sangrándonos, pregona -lo que fatalmente se ha confirmado- que éramos los cubanos hechos del mismo barro impuro que los hijos de esos pueblos, libres sólo de nombre, porque la libertad en ellos es un fantasma. Espoleado por este ideal, hácese su apóstol. En New York funciona bajo su presidencia el Consejo Cubano, consejo que no es más que una delegación de los distintos grupos que en las diversas poblaciones de la isla trabajaban, sustentando como divisa el ideal de que Cuba sea incorporada a los Estados Unidos. Fue él, Betancourt Cisneros, uno de los delegados del Consejo Cubano para gestionar cerca de James Polk, Presidente en aquellos tiempos de la gran República del Norte y franco amigo de la posesión de Cuba, la forma en que podía llevarse ésta a cabo. Y si Cuba no pasó en aquel tiempo a ser posesión americana, fue debido a que el Presidente Polk no quería ocupar a Cuba por medio de la fuerza, y hechas sus proposiciones de compra a España, ésta parece que pidió por la rica colonia una muy crecida suma de millones de pesos…

Vino luego el movimiento revolucionario de Narciso López, movimiento que trajo como bandera la independencia, y Betancourt Cisneros no tuvo más participación en él que la de mero espectador. Tampoco tomó parte en el de Agüero. A López, si le prestó alguna ayuda, fue porque en su enemiga contra los procedimientos gubernamentales de España, ayudaba a todos los que se le pusieran en cualquier forma enfrente. Después de fracasados los movimientos de López y de Agüero, se quedó en los Estados Unidos fraguando constantemente planes revolucionarios, los cuales nunca pudo hacer culminar. En 1856 salió para Europa, plantando su tienda de peregrino en Florencia, Italia. Allí le nació un hijo. Al cabo de catorce años, amparado en la amnistía dictada, vuelve a su país, triste, pero no vencido. Y en prueba de ello, comienza a escribir en El Siglo. Viviendo unas veces en Puerto Príncipe y otras en la Habana, pasa algunos años, los últimos de su existencia. Cuando la Corte española pide, en 1866, comisionados para la Junta de Información, son muchos los cubanos que piensan en él, a los que contestó: “Yo no viviré más allá de este año, amigos míos, y si parto a España, abreviaré mías días”. Y así fue. Enfermo de una terrible enfermedad, murió meses después. Cuenta Calcagno que al solicitar de él datos de su vida para el diccionario biográfico, le contestó por escrito, dándoselos. Y al final le decía: “Falleció en el año 1866”. ¡Triste profecía! En ese mismo año murió. A su muerte, una gran sombra de pesar se extendió por la tierra cubana, envuelta a la sazón en espesas sombras de esclavitud…

 

FUENTE:

“Próceres” por Néstor Carbonell. Guije.com

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