Salvador Cisneros Betancourt

salvador-cisnerosSalvador Cisneros Betancourt

Nació el 10 de febrero de 1828.

Murió el 28 de febrero de 1914.

¿Fue niño Salvador Cisneros Betancourt y corrió tras las mariposas? ¿Fue joven, y madrigalizó junto a bellas mujeres? Forzosamente fue niño y fue joven y en sus manos se hicieron polvo muchas leves alas, y escuchándolo se estremecieron de pasión algunos tiernos corazones. Pero nadie lo recuerda así, sino hombre ya, barbado y canoso, dando cuando la primera guerra la espalda a la ciudad natal y a su familia, para ir, armado caballero, a jurar fidelidad a la patria, en el altar alzado entonces, no entre luces y flores, sino entre fuego y sangre; llevando luego la República toda revuelta y enconada sobre los hombros; guardando, cuando el pacto del Zanjón, como imagen bendita, la bandera gloriosa; consagrando a ella, durante los diez y siete años de paz humillante, todo el ardor de su pensamiento y toda la energía de su espíritu… Y, cuando la última guerra, levantándose apenas escuchó que de nuevo se estaba peleando por el honor de los cubanos, volviendo a personificar su pueblo. Siendo luego, en la paz, como el abuelo de sus campatriotas todos, por la constante vigilancia en su favor, y por la veneración que supo inspirarles…

Puerto Príncipe, Camagüey, fue la ciudad de su nacimiento. Niño aun marcha a los Estados Unidos, donde permanece estudiando siete años, al cabo de los cuales vuelve al lado de los suyos: a su casa, a su pueblo, a su patria. En la tierra de Washington adquirió conocimientos y tonificó su alma. ¡No hay medicina como la libertad! Así, nutrido de democracia y de derecho, se establece en el Camagüey, donde es mimado por el amor y la fortuna. Años después, es electo Alcalde, puesto que desempeñó con el beneplácito de todos. Como autoridad, lo mismo que como particular, no hubo entonces obra caritativa, obra humanitaria, que no contara con su apoyo, ni empresa tendiente al desarrollo y bienestar de sus paisanos que no contara con su ayuda. Rico -y no egoísta- derramaba el bien a manos llenas. Señor de la generosidad, era dadivoso como un príncipe. De los príncipes tenía la largueza. ¿Quería hacer un regalo? Pues daba sus tierras, contándolas, no por metros, sino por caballerías.

Desde muy joven sintió latir el corazón por las desventuras de su país. En junio de 1866, después de aquella asonada conocida en la Historia por la de Bembeta Paso, se organizó en Camagüey una Junta Revolucionaria compuesta principalmente por él y por Manuel Ramón Silva, Carlos Varona Torres y otras prestigiosas personalidades. Al siguiente año, constituyó, junto con Eduardo Arteaga, la logia masónica Tínima, logia a la que se afiliaron al momento cuantos querían y sentían la necesidad de conspirar contra el poder tiránico que los vejaba. Fue entonces también que empezó en Bayamo a agitarse el espíritu revolucionario, y que habiendo tenido de ello conocimiento, acordaron secundar a los orientales en sus anhelos de libertad, razón ésta por la cual se tomó el acuerdo de nombrar una comisión -a Salvador Cisneros Betancourt y a Carlos Varona- para que conferenciaran con los comisionados de Oriente y se pusieran de acuerdo en cuanto a la forma en que se había de llevar a cabo el movimiento armado.

En la reunión habida, los orientales declararon que estaban dispuestos a levantarse el día tres de agosto de 1868. Cisneros Betancourt expuso que no estaban -él y Mola- facultados para aceptar resoluciones tan violentas. Regresan a Camagüey donde dan cuenta de su actitud a la Junta Revolucionaria. No obstante el no haber aceptado la fecha del movimiento, comienzan a hacer una activa propaganda, francamente revolucionaria. De nuevo comisionado él junto con Augusto Arango, para otra reunión con los orientales, hace un viaje a caballo hasta las Tunas y de ahí a San Miguel, lugar éste destinado para la entrevista, y donde ya los esperaban los otros: Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio y Pedro Figueredo. En esta reunión quedó aplazado el movimiento para el año de 1869. Convenido esto, salió Salvador Cisneros para la Habana, con el fin de ponerse al habla y de acuerdo con los cubanos separatistas de la capital. En la Habana se entrevista con José Ramón Betancourt, Manuel de Armas, Conde de Pozos Dulces, Pérez Puello, Antonio Zambrana, Bellido de Luna, Carlos de Varona, y por último, con Morales Lemus, hombre de grandes y merecidos prestigios, el que le promete su concurso y el de Aldama, a la sazón fuera de Cuba.

Laborando, regando entre los habaneros la semilla de la rebeldía, lo sorprende el alzamiento en Yara de Carlos Manuel de Céspedes. Pasada la sorpresa de los primeros instantes, emprende viaje al Camagüey, y apenas llega, da órdenes a Jerónimo Bouza Agramonte para que con los hombres que pueda secunde el movimiento iniciado en Oriente. Bouza así lo hace el día 4 de noviembre, y el 9, abandona él la ciudad, y seguido de muchos hombres, se le reúne en Sibanicú. A poco se constituye el Comité del Centro, y es nombrado su Presidente. Más tarde, al proclamarse en Guáimaro la República de Cuba, es nombrado Presidente de la Cámara de Representantes. Investido de tan alta representación asiste a numerosos combates, dando siempre en ellos pruebas de valor y serenidad. Después, depuesto Céspedes de Presidente, lo sustituye él. Fueron aquellos días de su mando, días oscuros, días tristes en que en plena revolución, en plena República en armas, se vio, como en la Roma antigua, surgir un patriciado soberbio e insolente y una plebe voluble e indisciplinada -patriciado y plebe, que ora adoraba a César, ora parecía exaltada y aplaudía a los Gracos…

Cuando Spotorno lo sustituyó en la Presidencia de la República, continuó de Representante. Y cuando la Cámara se reunió en sesión extraordinaria, el día ocho de febrero de 1878, para tratar de la paz, de una paz bajo la bandera de España, de una paz que no era paz con libertad, paz con decoro, paz con derechos; de una paz que no era aquella por la cual él se había echado al monte a morir, protestó enérgicamente, con palabras que serán siempre prenda de magnífica grandeza y firme resolución… Vino luego, a pesar de su protesta, el pacto del Zanjón; volvió la patria a vestir su traje de presidiario o de criado, y Cisneros Betancourt se fue a New York, lugar donde continuó laborando, esperanzado todavía en la creencia de poder encontrar de nuevo cubanos con quienes combatir hasta vencer.

Y vino la tregua, la tregua de diez y siete años. Luego supo que Martí, el evangélico Martí, había logrado unir a los cubanos dispersos, en un solo ideal, y lleno de fe esperó, arma al hombro, la hora del honor. Y cuando la hora llegó, cuando volvió a repercutir en los campos de la patria libre el grito de Cuba libre, Salvador Cisneros Betancourt volvió a abandonar las comodidades de su casa rica, y al frente de un puñado de jóvenes valerosos se fue a encarar la muerte, con la misma fe que la había encarado antes. Asiste a los primeros encuentros al mando de su hueste bisoña. En todos da pruebas de su valor. Más tarde, fue presidente nuevamente de la República en armas. Deja de serlo, para ser sustituido por Masó, y él siempre lo mismo: inalterable en su patriotismo! Luego fue la paz y la República, y fue en ella, más que un hombre, un símbolo, el símbolo de todos los sueños puros, el símbolo del desinterés y la hidalguía cubanos.

Su vida fue una línea recta, ejemplo que debieran seguir, imitar, cuantos por intereses y odios personales hacen de su vida un zigzag de sangre, un laberinto de intrigas en el cual a veces, la patria parece perderse…

FUENTE:

“Próceres” por Néstor Carbonel. Guije.com

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