Ignacio Agramonte y Loynaz

ignacio-agramontePatriota cubano que fue presidente del Comité de Camagüey y redactó la primera constitución de la República de Cuba. Nació en Camagüey el 23 de Diciembre de 1841 y cayó en combate el 11 de mayo de 1873 frente a las tropas españolas en los potreros de Jimagüayú en la misma provincia.

Perteneció a una de las familias de más prestigio y dinero de Camagüey, al igual que su esposa Amalia Simoni Argilagos. En 1855 ingresó en el famoso colegio del Salvador, que fundó don José de la Luz y Caballero, allí continuó hasta su ingreso en la Universidad de La Habana, donde se graduó como Licenciado en Derecho Civil y Canónico en febrero de 1866. Amó la libertad y la justicia, y admiró las doctrinas de la Revolución Francesa; el estudio del derecho lo preparó para luchar con más vehemencia contra el gobierno opresor de la Metrópolis. Al recibir Agramonte la investidura del grado de Licenciado en Derecho Civil y Canónico, pronunció un discurso donde habló de los derechos menospreciados, concluyendo con unas palabras tan atrevidas que el presidente del tribunal de examen dijo que si hubiera conocido previamente aquel discurso no hubiera consentido su lectura. En La Habana, Agramonte trabajó en el bufete de don Antonio González de Mendoza, y actuó como Juez de Paz. Se trasladó a Camagüey, ejerciendo su profesión.

ignacio-agramonte-2En 1868, a pesar de que su formación era estrictamente académica, se unió a las fuerzas de Carlos Manuel de Céspedes en la insurrección de La Demajagua y se encargó de dirigir a los rebeldes en la provincia de Camagüey. Más tarde, con la conformidad de Céspedes, desempeñó el cargo de comandante de las fuerzas revolucionarias.

El 27 de diciembre de 1868 fue delegado a la Asamblea constituyente de Guaimaro. En la reunión se dictó la primera ley cubana de abolición de la esclavitud que redactó y firmó Agramonte; aunque sólo tuvo vigencia en los territorios dominados por los revolucionarios, fue un significativo antecedente que obligó a España a poner en vigor la ley que liberaba a los esclavos menores de 11 años y mayores de 60. La ley Moret, nombre del político liberal que la impulsó, tuvo pocos efectos, pero las dos leyes, tanto la cubana como la española, marcaron el principio del fin de la esclavitud.

En febrero de 1869, por encargo de la Asamblea, Agramonte redactó la primera constitución de la República de Cuba. Cuando el capitán general Domingo Dulce llegó a la Isla, Agramonte, como presidente del Comité de Camagüey, sostuvo con él varias conversaciones sin lograr ningún acuerdo. El gobierno de Dulce se enfrentó a los independentistas y en 1870, ante las medidas represivas contra los revolucionarios criollos, Agramonte renunció a las representaciones legislativas para tomar parte activa en la lucha.

En abril de 1870, a causa de las discrepancias con Céspedes en cuanto al modo de realizar la guerra, renuncia a la jefatura militar de Camagüey y permanece sin mando, aunque mantuvo su graduación y participó en combates como Ingenio Grande, Jimirú, Socorro… y continuó su propio adiestramiento, especialmente en la utilización de la caballería en función de la guerra de guerrillas.

A principios de 1871 Céspedes le ofrece la jefatura militar de Camagüey, la que reasume el 17 de enero, cuando la situación de los insurrectos era muy grave en la región, momento a partir del cual se experimenta un mejoramiento progresivo y las fuerzas mambisas pasan de la defensiva a la ofensiva.

Ante la difícil situación creada en Oriente por la Creciente de Valmaseda y los recientes triunfos militares españoles en los llanos camagüeyanos, se dio a la tarea de organizar a los indisciplinados mambises (soldados del ejército libertador) de la región.

De intensas lecturas históricas y militares, y del aprendizaje en el uso del machete que enseñara Gómez a los cubanos, extrajo la esencia organizativa para una caballería que se hizo célebre durante los años 1871 a 1873.

Con la ayuda del capitán y luego comandante Henry Reeve (quien llegara a ser Brigadier. Éste era un joven de grandes dotes militares y probada valentía nacido en Nueva York y que se comprometió hasta la muerte con la independencia de Cuba), organizó a la caballería en manípulos o regimientos pequeños, constituidos cada uno por mambises que residieran en una misma zona y que podían ser convocados con increíble rapidez por mensajeros que poseían los caballos más rápidos y que cambiaban sus cabalgaduras para las cargas al machete.

La caballería del Mayor, como le conocían sus soldados, estaba exquisitamente entrenada para moverse al toque del clarín del corneta en maniobras de extraordinaria velocidad y eficacia que desordenaban y deshacían los cuadros defensivos de las columnas españolas. Con enorme rapidez las fuerzas cubanas se partían en dos o más grupos en maniobras díversionistas o envolventes, para luego unirse en una carga arrolladora.

Siendo un excelente jinete y esgrimista, con un valor personal a toda prueba y exigiéndose a sí mismo el máximo para poder exigir lo mismo a sus hombres, Agramonte era idolatrado por sus soldados. En unos pocos meses la caballería dirigida por él y por Reeve se hizo dueña de los campos del Camagüey y de numerosos poblados, al punto de existir un momento en estos años en que quedaron en manos de los españoles sólo cuatro poblaciones: Puerto Príncipe (Camagüey), Florida, Nuevitas y Santa Cruz del Sur. El resto de las poblaciones y todo el campo, estaba en manos de los mambises.

En marcha al encuentro con la Plana Mayor del Ejército Libertador que se efectuaría en Jobabo, desarrolló una activa campaña militar batiendo a los españoles en numerosos encuentros. Para contenerlo el Brigadier Valeriano Weyler organizó una poderosa fuerza militar, y así ocurre la batalla de Jimaguayú, el 11 de mayo de 1873, día nefasto para Cuba, el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynáz muere en el combate.

Agramonte impregnó a sus tropas organización, disciplina y preparación combativa, hizo ver al enemigo que Camagüey tenía capacidad de combate, convirtiéndose de esta forma en una verdadera amenaza para las fuerzas coloniales.

Por su agudeza, su inteligencia, su visión clara y precisa de lo que significaba la guerra para la colonizada Cuba, se convirtió rápidamente -junto con Céspedes y otros jefes más- en uno de los principales guías de la contienda libertadora.

Su trascendencia ha hecho que a Camagüey se le conozca también como la “Tierra Agramontina”

Como describieron a Agramonte sus contemporáneos
Uno de sus soldados y amigo de sus padres, Manuel L. Miranda, refirió que “Medía más de seis pies de alto, hermosa, gigantesca, noble, varonil, erguida figura.Frente espaciosa, ojos grandes, algo dormidos, trigueño muy claro, facciones bien delineadas, bigote fino y no montañoso como aparece en los retratos que se le publican, de mirada dulce, y no azorada…su voz era clara, firme y de grato sonido.Al vigor corporal reunía las más bellas cualidades del alma…” (1912).

Aurelia Castillo y del Castillo, amiga personal de Agramonte y de su esposa Amalia Simoni: “…era alto, delgado, muy pálido, no con palidez enfermiza, sino más bien, así podemos pensarlo ahora, con palidez de fuertes energías reconcentradas; su cabeza era apolínea; sus cabellos castaños, finos y lacios; sus pardos ojos velados como los de Washington; su boca “pequeña y llena”, como la que se ve en las representaciones de Marte, y sombreada apenas por fino bigote; su voz firme.

Después, ya bien adelantada la guerra, la vida agitada de campaña le dio robustez, hermosos colores y finas patillas; mas nunca espesa barba…estaba exento de vicios y lleno de virtudes…” (1911).

Descripción hecha por su nieto Eugenio Betancourt Agramonte, hijo de Herminia Agramonte Simoni, quien no conoció a su padre –Ignacio— por nacer en los Estados Unidos en el año 1871. El retrato, cargado de hondas impresiones y detalles, fue realizado a través de distintas versiones llegadas a él por contemporáneos de su abuelo materno:“Agramonte era hombre muy alto (medía seis pies y dos pulgadas), delgado, pálido, pero derecho y recio, fortalecido por el ejercicio del caballo y de la esgrima; tenía los ojos pardos, grandes, lánguidos y serenos, los cabellos castaños, finos y lacios; bigote corto, poca barba. Sus facciones eran finas: la nariz aguileña, los dientes blancos, iguales y bien puestos, y no gruesos los labios…al morir (dice uno de sus compañeros de armas) tenía la apariencia militar perfecta.” (1928).

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